miércoles, 19 de febrero de 2014

Paisaje de la multitud que orina

Sucedió en marzo de 2005. Aquel año la  llamada Fiesta de la primavera, nacida sin control en el Paseo de los Tristes y trasladada después por la autoridad a la Feria de Muestras de Armilla, fue dirigida a un recinto habilitado y vallado sobre el parking de Los Cármenes. Fue como instituir San Botellón el 18 de marzo. Estaban previstas actuaciones musicales y llegaron a venderse cientos de entradas. El PP no tuvo en cuenta que en ese área del Zaidín estaba uno de sus graneros de votos ya entonces, antes que los conversos de última hora de la Avenida de Dílar. Las llamadas a Abén Humeya y la Plaza del Carmen de vecinos aterrorizados e indignados con lo que se les venía encima arreciaron y, muerto de miedo, al Ayuntamiento se le ocurrió negar la licencia y suspender la fiesta a última hora, cuando multitud de jóvenes se habían congregado en la zona. El efecto fue el contrario que el deseado y la muchachada se dispersó por el barrio dejando toneladas de basura a su paso y empleando los muros de las casas como mingitorios, hasta las puertas de algún garaje se convirtieron en improvisados retretes.

 Huyendo del estruendo y la suciedad -yo vivía en la zona-  hice un experimento. Subí a un autobús de la línea 4 entre la muuchedumbre adolescente que abandonaba el botellón oficial proscrito buscando otros abrevaderos en la ciudad. Ya en el interior del vehículo atestado, agarrado a una barra, abrí un libro que llevaba conmigo y me enfrasqué en su lectura. Fue toda una provocación para el ebrio gentío. Logré concentrar todas las miradas, unas abiertamente hostiles, otras incrédulas y suscitar mil cuchicheos, hasta que una chica más lanzada intentó atraerme a la causa tendiéndome un infecto kalimotxo combinado con babas en botella de dos litros que rechacé cortesmente. Para colmo mi lectura no podía ser más adecuada para la ocasión: El Paisaje de la multitud que orina de Poeta en Nueva York. No lean en esto un acto de petulancia intelectual - uno también se abandona al fácil hedonismo, oiga-, pero sí una reflexión: En el botellón no hay un asomo del fenómeno social e incluso cultural que quieren ver en él políticos contagiados del papanatismo de una parte de la sociedad hasta el punto de fomentarlo y organizarlo desde las instituciones porque en algún sitio tendrán que estar las criaturas -palabras textuales de un concejal entonces con mando en plaza en el Ayuntamiento de Granada-. Nada de eso, en el botellón está lo peor de cada casa; y no porque sus adeptos se vayan a convertir en peligrosos elementos antisociales, que para eso se precisan ciertas dosis de valor y rebeldía. No, en el botellón está lo más anodino, lo conservador, lo rancio, la ausencia de curiosidad, la masa amorfa y manipulable de siempre, la mayoría silenciosa, por ruidosa que sea: Aquellos que, como diría Cernuda, desprecian cuanto ignoran.
Huyendo del estruendo y la suciedad -yo vivía en la zona- decidí hacer un experimento. Subí a un autobús de la línea 4 entre la muchedumbre adolescente que abandonaba el botellón oficial buscando invadir otros abrevaderos  de la ciudad. Ya en el interior del vehículo atestado, abrí un libro que llevaba conmigo y me enfrasqué en su lectura. Fue toda una provocación para el ebrio gentío. Logré concentrar todas las miradas, unas abiertamente hostiles, otras incrédulas, y suscitar mil cuchicheos hasta que una chica más lanzada intentó atraerme a la causa tendiéndome un infecto kalimotxo combinado con babas en botella de dos litros que rechacé cortésmente. No podía ser más apropiada para la ocasión la lectura que tanto es desconcrtó: El Paisaje de la multitud que orina de Poeta en Nueva York.

No lean en esto un acto de petulancia intelectual –uno también se abandona al fácil hedonismo, oiga–, pero sí una reflexión: en el botellón no hay ni un asomo del fenómeno social e incluso cultural que quieren ver en él políticos contagiados de la idiotez de una parte de la sociedad hasta el punto de organizarlo y fomentarlo desde las instituciones porque en algún sitio tendrán que estar las criaturas –comentario textual de un concejal con mando en plaza entonces en el Ayuntamiento de Granada–. Nada de eso, en el botellón está lo peor de cada casa, y no porque sus adeptos se vayan a convertir en peligrosos elementos antisociales, que para eso se necesita cierta dosis de valor y rebeldía. No, en el botellón está lo más gris, lo más anodino, lo más conservador, lo más conformista, lo rancio, la ausencia de curiosidad, la masa amorfa y manipulable de siempre, la mayoría silenciosa por ruidosa que sea; aquellos que, como diría Cernuda, desprecian cuanto ignoran.

Este fenómeno cultural es al que el alcalde de Granada y sus ediles, como en otras ciudades españolas, quisieron proporcionar un lugar donde orinar, vomitar y beber hasta caer al suelo. Sin embargo los leones del circo de Ángel Cristo -por entonces en la ciudad- que algunos borrachos intentaron sacar de sus jaulas se quedaron sin devorar -lástima, malditos cristianos- a un gobierno local convertido en promotor e instigador no de una fiesta, no nos engañemos, sino de actos de vandalismo en masa, de incitación al consumo incontrolado de alcohol entre menores, del incumplimiento sistemático de las normas municipales que sancionan orinarle los portales a la vecindad y abandonar inmundicias en la vía pública. Intentando evitar que muchos -que en general no les votan o ni siquiera tienen edad para hacerlo- les perciban como represores se colocan del lado del gamberrismo en pos de una ética fracasada, de la que es cómplice la progresía de los partidos de izquierda, preocupados de que los chaveas no se traumaticen, los pobreticos.

Versión de un artículo publicado en Granada Hoy en 2005




  

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