domingo, 13 de noviembre de 2011

La obsesión

El ascensorista de la Alhambra
Como éramos pocos, habló el rector. Ante la cara de póquer de la directora de la Alhambra Mar Villafranca, Francisco González Lodeiro intervino hace unos días en el debate abierto desde que al alcalde de Granada se le ocurrió tunelar el monumento. Como géologo seguro que tenía mucho que decir en la comisión de expertos que valoró la propuesta del PP, pero Lodeiro prefirió hablar en términos mercantilistas –los que aplica con entusiasmo en la institución que dirige- y proponer una cinta transportadora o cualquier otra solución de comunicación mecánica entre el monumento y el resto de la ciudad. Si quiere echar una mano, el rector podría encargar a su Departamento de Física Cuántica que investigue la opción del teletransporte, o pedir a Teología que estudie el viaje astral o la transmigración de las almas de los turistas. Y puede que en la Mezquita del Albaicín encuentre algún folleto sobre alfombras voladoras a buen precio.



El rector, que en 2007 repartía octavillas de Torres Vela en Puerta real y cuatro años después se dejaba ver por los actos electorales de Torres Hurtado, se unía así al tenaz coro que de tanto repetir la cantinela de que la Alhambra está de espaldas a la ciudad, ha conseguido que muchos se la crean.

Hace poco, en un alarde de optimismo que ni Rodríguez Zapatero antes de la desaceleración, el presidente de la Cámara de Comercio –y, ¡oh, casualidad!, vicepresidente del Granada CF- cifraba en 28 millones de euros el impacto económico que el ascenso del club a Primera provocará en la ciudad. En la Alhambra ese impacto está medido, y con métodos científicos, y es de 500 millones de euros -más que la Universidad-, curiosa forma de estar de espaldas. Aunque gestionada con no poca soberbia, la Alhambra ha sido y es bien gestionada en lo que más importa, la conservación; y es muy rentable económicamente.
En los últimos años Granada atrae un turismo no organizado que visita el monumento y el casco histórico y que en los puentes hace a los hoteles colgar el cartel de completo y llena tiendas y restaurantes, luego ¿dónde está el problema? Y si aún se quiere más, la solución no pasa por el capricho de un alcalde, sino por que su concejal de turismo sea capaz de negociar, presionar u ofrecer alicientes a quienes traen turistas de un día a la Alhambra para que además paseen por la ciudad y hagan compras.

Confía Torres Hurtado en que con Javier Arenas como presidente andaluz, y dado que será en la Alhambra -y en Sierra Nevada- donde primero rueden cabezas, su propuesta encontrará eco. Pero, ¿A alguien se le ocurre que con la que está cayendo, el futuro gobierno andaluz vaya a dedicar un mínimo de cuatro millones a semejante megalomanía? Llegará Rajoy, llegará Arenas y todo será dar largas.

El teleférico a Sierra Nevada, felizmente olvidado
Del dictamen de los expertos el alcalde se agarra a una de sus conclusiones: Construir un ascensor y un túnel y para ello horadar el monte de la Alhambra es técnicamente viable, como seguramente lo es construir el puente desde Valencia hasta Mallorca que proponía la canción, otra cosa es que haga falta. Se tapa los oídos cuando también dicen que ni es viable económicamente ni es necesario desde el punto de vista turístico. En esto su proyecto electoral estrella coincide con la faraonada de hace dos mandatos, aquel teleférico a Sierra Nevada de coste disparatado, necesidad nula y rentabilidad imposible a casi cuarenta euros el viaje. No me sorprendería enterarme de que el grupo empresarial que explotaría el ascensor era el mismo que estaba detrás del funicular.

A un periodista se le ocurrió encuestar a los turistas en la Alhambra sobre el ascensor de marras “¿No es una broma?” preguntó una; "¿Y por qué no un helipuerto?", ironizó otro. Cuando se les explicaba que también se había propuesto un teleférico y una cinta transportadora buscaban con la mirada dónde estaba la cámara oculta. 

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