lunes, 28 de febrero de 2011

Ya no me junto

El derrumbe de la natalidad y la carestía de niños no sirve sólo como mala excusa para ponernos más cara la obtención de una pensión –podrían ponerse a parir como locas las españolas, y lo que obtendrían no sería una camada de cotizantes, sino de parados-. Otra consecuencia es que la penuria de infancia se compensa con la infantilización de la sociedad; desde los concursantes de Gran Hermano a los consejeros autonómicos, pasando por los ídolos del fútbol, hablan y se comportan como correspondería a una edad mental de siete años. No es preocupante cuando la infantilización se plasma en adultos que coleccionan sables láser o compiten por quién tiene más aplicaciones en el iPad. Si es la gresca política que a diario llena periódicos la protagonizada por matoncillos de patio de recreo la cosa es más seria.

Se ha visto el encuentro en tierra de nadie del alcalde de Granada y el ministro de Fomento como una recreación cutre de la “Capitulación” de Francisco Padilla. Torres y Blanco carecen del porte noble de Boabdil y Fernando. Más bien semejaban capitanes de dos pandillas retándose a una pelea a pedradas para una semana después. El regidor es dado al berrinche pueril. Si José Blanco le quiere llevar en su circo ambulante por las vías del Ave, responde con un cómico “ya no me junto”, aunque haya reclamado mil veces verse con el ministro, otro mocoso que parecía jugar a piedra, papel y tijera con el alcalde de Motril y sus sobres. En el recreo el niño Torres encuentra siempre un rival a su altura, el delegado de Cultura, que difícilmente se ganará los pantalones largos si a cada nueva horterada de inspiración municipal, el niño Benzal responde declarando BIC los respiraderos del parking de Puerta Real.

De párvulos es negar con los morros llenos de chocolate que te has zampado los pasteles. Hasta que las empresas acreedoras amenazan con irse y las pruebas están en los periódicos los responsables de la Junta no reconocen que se las ven canutas para pagar el metro y que por eso las obras peligran. También refutaban el parón de la A-7 cuando las fotos mostraran túneles tapiados. Para que el recreo no se aburra hemos visto al chiquillo Paulino ponerse gallito con los de su propia pandilla a cuenta del Centro Lorca, o la travesura de otro político de primaria, el niño Ayllón. El parlamentario se cuela sin permiso en una obra y congrega a los periodistas para venderles la moto de que en las cocheras del metro se ha despedido a 150 obreros, las contratas quiebran y allí no se trabaja porque no se paga. A esas tiernas edades hay poco miedo a hacer el ridículo cuando te aclaran que no hace falta tanta gente en una obra prácticamente terminada. Pronto unos y otros nos invitarán a la fiesta electoral y pedirán que apoyemos a su pandilla. Es el momento de decirles “ya no me junto”.

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