martes, 14 de diciembre de 2010

Morentiana


La de Enrique Morente es una pérdida inmensa, que habrá que lamentar según le quede de cerca a cada uno, pero de más estaría santificar a quien tan a gusto se sentía como pecador, un hombre de esos que viven rápido y mueren jóvenes para dejar un cadáver bien parecido; en su caso demasiado joven para lo rápido que vivió, por eso su familia ha denunciado posible negligencia médica.

En lo artístico la suya no es en absoluto una obra truncada por la muerte, lo que deja es una obra completa, una construcción laberíntica en su riqueza. La obra de un músico de vanguardia, que traza el mapa del futuro desde el profundo conocimiento del pasado. Lo suyo no era flamenco Disney para todos los públicos ni cabía en las radiofórmulas. No está al alcance de quienes piensan que innovación es Pitingo o que en el flamenco caben Andy y Lucas o El Barrio. El flamenkito, Radiolé y Canal Fiesta están contraindicados para la administración de su música. Despedirlo desde el respeto exige renunciar a ese papanatismo bienpensante que reducía al malafollá de Francisco Ayala a un entrañable viejecito que soplaba centenares de velas. Esta mañana en la radio oigo a mucho cateto reclamando que en Granada pueda verse su cadáver y ya hay quien poco menos que ha pedido sacarlo en procesión por el Mirador de San Nicolás. A Morente le sobran esas tonterías. Lo suyo no va de patrimonios inmateriales -él firmó el manifiesto de los flamencos contra la vana y fastuosa campaña de la Junta de A
ndalucía ante la Unesco - sino que es muy real, desafío, golfería y sabiduría. Su última foto le retrata ante el Guernica. Morente moldeaba el mismo barro que Picasso, y como al malagueño, al albaicinero aprender a disfrutarlo exige un esfuerzo e inteligencia por parte del oyente.


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